En la década de los cuarenta, la narrativa española se dedicó a hacer propaganda y a exaltar al bando vencedor en la guerra civil. En general, era una narrativa convencional, que no tenía en cuenta las innovaciones que ya existían en la literatura europea y americana. Sin embargo, la primera novela de Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte, marcó la inauguración de una corriente narrativa llamada tremendismo, caracterizada por tomar los aspectos más brutales de la realidad para efectuar una reflexión profunda sobre la condición humana.
Las últimas décadas retorna a la subjetividad, al ámbito de lo íntimo por encima del análisis del mundo externo, de la sociedad. Respecto a las técnicas narrativas, no hay tendencia homogénea, ni tampoco es frecuente el uso exclusivo de una de ellas en cada escritor, sino que abunda el eclecticismo, la mezcla de técnicas tradicionales y vanguardistas. La experimentación formal es mucho más moderada que en las novelas de los años sesenta. Las obras son más asequibles y los argumentos vuelven a tener relevancia. Todo ello ha redundado en una amplia difusión entre el público. Son autores de esta última generación Manuel Vñazquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Juan José Millás, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Arturo Pérez-Reverte.
Debe mencionarse que después de la guerra civil irrumpe la presencia femenina en la literatura española. El primer caso es el de Ana María Matute, una de las voces narrativas más importantes de la España de la posguerra, ganadora de cinco de los premios literarios más importantes de España entre 1952 y 1964. Sus pasos han sido seguidos por autoras que han comenzado a publicar en la década de 1980 y se mantienen aún vigentes como Lucía Etxebarria, Almudena Grandes, Rosa Regàs y Rosa Montero.
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